Lynnea’s Tortilla Casa, Tortillas Boutique del Pueblo

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¡Vaya ejemplo de iniciar un negocio desde cero! Eso es casi exactamente lo que hizo Lynnea Ruybal, residente de Pueblo. Optó por un marketing “a la vieja escuela” basado en correr la voz y se lanzó de lleno a un negocio tipo boutique en tiempo real, vendiendo… ¡nada menos que tortillas!

Foto cortesía: Lynnea’s Tortillas Casa

El emprendimiento secundario de esta nativa del Valle de San Luis, cuyo trabajo principal es en el sector de salud, se llama Lynnea’s Tortillas. Y ella lo hace todo – prepárense para esto –  basándose en el sistema de confianza. Los clientes se dirigen a la puerta de su casa, depositan el dinero en su buzón de pagos y se marchan con sus tortillas o con sus biscochitos caseros: unas galletas mantecosas con un inconfundible sabor a anís.

Su plan de negocios, si es que se le puede llamar así, nació del amor, del duelo y de una receta familiar transmitida de generación en generación. Eso es todo. Y también de una enorme cantidad de esfuerzo y trabajo físico. Verán: Ruybal no es solo el cerebro detrás de Lynnea’s Tortillas, sino también el 90 por ciento de la fuerza laboral para su elaboración.

Su travesía comenzó con una pregunta sencilla; una con la que muchas personas luchan tras la muerte de un ser querido: ¿cómo mantener vivo un recuerdo? En este caso, la persona amada era su madre, Katherine, quien falleció repentinamente el otoño pasado.

“Cuando empecé, lo hice simplemente para mantener la mente ocupada y sobrellevar el duelo,” relata. Pero un solo pensamiento seguía rondando por su cabeza. Y, de entre todas las cosas posibles, ese pensamiento eran las tortillas. Sí. Tortillas; pero, en realidad, mucho más que eso.

Ruybal recordó la cocina familiar y cómo, siendo niña, observaba a su abuela o a su madre preparando las comidas para la familia. Una rutina precisa e instintiva.

Era algo más que simple memoria muscular, recordó ella. Tomar la masa, darle forma de hileras de bolitas del tamaño de una rosquilla, palmear cada una para asegurar su uniformidad y, finalmente, darles con esmero su forma circular perfecta bajo el peso de un bolillo ya muy gastado por el uso. El toque final consistía en colocar cada pieza con sumo cuidado sobre un comal bien curado hasta que aquella masa se transformaba en una tortilla.

El resultado de entonces, tal como lo es hoy en su propia cocina, era una tortilla perfecta; o, mejor dicho, perfectamente imperfecta. “Mis tortillas tienen un aspecto muy tradicional, afirma Ruybal. “No parecen compradas en una tienda.” Las suyas, comentó, “tienen manchas más oscuras, parecen casi quemadas… eso, para mí, es perfecto.” Excelente, acercándose a lo sublime, se podría decir.

Aunque el negocio de tortillas de Ruybal pueda parecer tranquilo, lo que ocurre tras bastidores es todo menos apacible, principalmente porque su trabajo en el sector de salud tiene prioridad. Pero cuando llega el momento de hacer las tortillas, todo es pura seriedad y eficiencia.

“Requiere mucha mano de obra,” afirma. El trabajo de preparación se lleva a cabo un día, después de su jornada laboral; la producción de las tortillas, otro día distinto. Y todo el trabajo se realiza a mano: nada de maquinaria, pero sí mucho amor.

Si bien la labor puede ser ardua, también conlleva la nostalgia de otra época. “Siempre las veía hacer tortillas,” relató Ruybal. De niña, se fijaba en cada pequeño detalle desde su rincón bajo la mesa de la cocina, donde su recompensa solía ser una tortilla tibia untada con mantequilla. Es un capricho que, de vez en cuando, todavía se regala a sí misma hoy en día.

Ruybal se encarga de mezclar los ingredientes, amasar la masa y extender cada tortilla individualmente. Su esposo y sus dos hijos están allí para echar una mano con el empaquetado del producto final. Cada bolsa contiene una docena de panadero. Cuando todo el trabajo ha concluido, cuenta que habrá preparado “entre cincuenta y sesenta docenas.” Algunas se venderán directamente en la puerta de su casa, mientras que el resto se comercializará en un mercado de agricultores local.

Como profesional de la salud, Ruybal asegura haber hecho los deberes. La preparación se lleva a cabo cumpliendo con todas las directrices y códigos sanitarios del condado.

Ruybal no ha trazado, al menos hasta ahora, un plan a largo plazo para sus tortillas o sus biscochitos. Por el momento, sus tortillas seguirán vendiéndose desde la caja de colores alegres, predominantemente azul, situada fuera de su puerta principal, o bien en el mercado de agricultores, donde también ha logrado ganarse un fiel público. Quizás algún día haya un food truck en el horizonte. Pero no será pronto.

La conexión de Ruybal con la tradición, y muy especialmente con las generaciones maternas que, según ella, siguen siendo su inspiración, es afectuosa, pero también compleja. Esta última parte se aplica, sobre todo, a su relación con su madre.

“Chocábamos mucho,” confesó Ruybal. “Pero solo porque ella me quería.” Aquella relación era el resultado del encuentro entre dos “personalidades fuertes.” Cuando su madre falleció el pasado septiembre, dos ríos (cuyas corrientes, a veces turbulentas, podían agitar las aguas) se habían fundido. “Estábamos en un buen momento.”

Para más información sobre Lynnea’s Tortillas, comentó, pueden encontrarla en Facebook.

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