
La inteligencia artificial (IA) se está convirtiendo rápidamente en la nueva frontera tecnológica y en el próximo objetivo de inversión. Además, es un fenómeno que obliga a las instituciones que la utilizan a cambiar su forma de trabajar.
La IA es “una rama de la informática centrada en la creación de máquinas capaces de realizar tareas que normalmente requieren inteligencia humana, como aprender, razonar, resolver problemas y comprender el lenguaje”. He asistido a reuniones donde se habla de la IA como una herramienta valiosa que puede recopilar y organizar información rápidamente, así como convertirla en informes excelentes.
Sin embargo, si bien la IA es una herramienta muy útil que permite generar trabajos de investigación de alta calidad mediante el sistema universal de información web, también puede comprometer la calidad del trabajo escrito de estudiantes y profesores, ya que existe la posibilidad de crear artículos académicos cuyos autores no sean todos de la persona cuyo nombre figura en el documento. Por ello, el sector educativo ya ha comenzado a buscar maneras de aprovechar la IA y, al mismo tiempo, mitigar sus efectos negativos en la investigación académica.
Al mismo tiempo, problemas como este son relativamente menores en comparación con el impacto potencial de la IA en nuestra civilización. Un ejemplo de esto es la idea de que los sistemas de información trabajen con máquinas de IA capacitadas para tomar decisiones por nosotros.
Esto me viene a la mente al pensar en Alexa, el producto de IA de Amazon que muchos utilizan para gestionar sus hogares. Alexa, una inteligencia artificial de voz basada en la nube que procesa comandos hablados, interpreta la intención, toma decisiones e incluso responde cuando se le presiona.
Esto nos lleva a preguntarnos: ¿qué pasaría si las máquinas, capaces de recopilar información y con un conocimiento potencialmente superior al de los humanos, decidieran que es su responsabilidad tomar el control y gestionar nuestras vidas? Este concepto forma parte de nuestra realidad ficticia desde hace casi un siglo.
Personajes famosos de este género son los Transformers, que comenzaron como juguetes populares japoneses a mediados de la década de 1980, seguidos de personajes de cómics, series de televisión y películas. La figura más popular de estas máquinas es Megatron, quien apareció por primera vez en una película animada de 1986 como “el líder tiránico de los Decepticons”, corrompido por el poder.
Megatron pasó a formar parte de la saga de películas de Transformers a partir de 2007.
Otro tipo de personaje de IA es el teniente comandante DATA en “Star Trek: La Nueva Generación”, que tiene un hermano malvado llamado Lore.
Mi serie de televisión favorita que trata este tema es “Battlestar Galactica”, una saga que comenzó en 1978 y que narra “los últimos vestigios de la humanidad huyendo de un ataque robótico Cylon en busca de la Tierra”. Los episodios ilustran mi punto de vista con respecto a la creación de un mundo de IA que, en última instancia, nos llevará a nuestra propia destrucción.
Resulta difícil imaginar que lo que queda de una civilización gigantesca compuesta por doce planetas quedara tan destruido que los supervivientes cupieran en una sola nave espacial. Es también un triste reflejo de una humanidad que se centró en crear una raza de máquinas con inteligencia artificial para su propio progreso y comodidad, solo para convertirse en sus rivales y víctimas.
La IA está transformando el panorama global con la promesa de crear una inteligencia superior que permita una vida más eficiente para nuestra especie, especialmente ahora que nos embarcamos en una renovada iniciativa de viajes espaciales y el futuro que esta representa.
La prisa por invertir en este nuevo y emocionante horizonte debe ir acompañada de una reflexión profunda sobre el significado y las dimensiones de esta nueva tecnología.
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