Las tácticas militares actuales contra Irán son el colmo de la locura

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David Conde, Consultor Senior de Programas Internacionales

Hace algunos años tuve la oportunidad de asistir a una sesión sobre liderazgo y comportamiento humano, parte de una conferencia celebrada en Colorado. La sesión abordaba técnicas para persuadir a un grupo o a una persona de aceptar un concepto o una determinada forma de realizar una tarea importante.

Una parte de la reunión comenzó con un ejercicio en el que varios participantes se turnaban para intentar convencer al resto del grupo de que aceptara una idea. Se emplearon diversos métodos, pero uno destacó especialmente: en lugar de cambiar su enfoque, algunos participantes repetían su presentación elevando cada vez más el volumen de la voz, hasta el punto de resultar cómicos.

Al finalizar el ejercicio, el líder del grupo señaló que esta técnica era muy común, pero que no era lo correcto. También afirmó que encajaba con la definición de locura.

Tras la reunión, consulté la definición de locura, descrita como un “estado mental perturbado o una enfermedad mental grave caracterizada por la falta de juicio o una insensatez extrema.” También encontré una definición popular atribuida a Albert Einstein, según la cual “la locura es hacer lo mismo una y otra vez y esperar resultados diferentes.”

Eso es exactamente lo que el presidente Trump está haciendo con respecto a Irán. En los últimos días, ha ordenado a las fuerzas militares atacar y bombardear Irán en al menos 13 ocasiones consecutivas.

En una reciente conferencia de prensa, se le preguntó al presidente cuál era el objetivo final en la región, y él declaró que existen dos vías: una militar y otra basada en las negociaciones.

Sabemos que Irán siempre negocia desde una posición de fuerza. La última vez que se alcanzó un acuerdo, en forma de memorando de entendimiento, Irán estaba a punto de recibir 325,000 millones de dólares o más, además de conservar el derecho a enriquecer uranio con fines pacíficos, algo que sus negociadores alegaban que ya estaban haciendo.

Afortunadamente, el pésimo acuerdo que el presidente Trump pretendía cerrar no llegó a materializarse, ya que Irán está jugando una partida a largo plazo en este asunto. ¿Recuerdan la venganza de Irán contra el presidente Carter con los 52 rehenes estadounidenses retenidos durante 444 días y su liberación coincidiendo con la toma de posesión del presidente Reagan?

Las negociaciones, especialmente con Irán, son una tarea ardua que requiere mucho tiempo. Ya contamos con un modelo para ese proceso: el acuerdo del presidente Obama con Irán, que permitió retirar el 97 por ciento del uranio enriquecido y liberar parte de los fondos iraníes congelados.

La iniciativa de Obama requirió dos años de trabajo y contó con la participación de otros seis países, además de la Unión Europea. Ese acuerdo debía renovarse a partir de este año.

Evidentemente, el presidente Trump decidió no seguir negociando y optó por una vía rápida, tal como hizo con Venezuela. Siguiendo el ejemplo de Israel, ordenó una guerra contra Irán y provocó un caos sin salida positiva.

El presidente utilizó nuestras fuerzas armadas para destruir la marina, la fuerza aérea y las instalaciones de radar de Irán, entre otros objetivos, con el fin de garantizar la superioridad aérea sobre el territorio iraní y la capacidad de bombardear a discreción. Sin embargo, está claro que, ante el fracaso de las negociaciones, recurrir a ataques militares intensos es un intento desesperado de forzar una solución inexistente.

Así pues, aquí estamos “haciendo lo mismo una y otra vez” y esperando un resultado diferente. El otro día, el secretario de Defensa, Pete Hegseth, acudió al Capitolio para solicitar fondos adicionales para el ejército, ya que parece que nos estamos quedando sin recursos para continuar con los ataques.

La definición de locura aplicada a nuestra política exterior hacia Irán se manifiesta con total claridad. Debemos encontrar otro camino.

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