
Hay una escena en la película Selena (1997) en la que Abraham Quintanilla, el padre de Selena, expresa una profunda frustración ante la carga que supone ser mexicoestadounidense. El momento se desarrolla como un monólogo en el que el protagonista confiesa estar agotado de tener que hablar mejor español en México que un mexicano, y mejor inglés en Estados Unidos que un estadounidense.
Dado que Selena y su familia vivían principalmente en Texas, este es el último lugar donde uno esperaría que una persona bilingüe demostrara un dominio lingüístico superior. Los tejanos, especialmente los del sur, tienden inevitablemente a hablar inglés y español simultáneamente.
Los bilingües de otras partes del país deben prestar mucha atención a esta forma de comunicarse, ya que expresan los mismos pensamientos alternando entre el inglés y el español. A menudo, esta manera híbrida de hablar funciona como un tercer idioma, con matices y giros que solo los tejanos pueden descifrar con precisión.
La idea de ser bilingües “mejores” forma parte, en realidad, de una corriente de pensamiento transmitida por quienes facilitaron la incorporación de los latinos a los ámbitos institucionales convencionales. Hace poco almorcé con un funcionario universitario latino que me recordó que yo mismo sostenía algunas de esas perspectivas junto con mis colegas latinos durante el tiempo que trabajamos juntos.
A lo largo de mi carrera en la educación superior, defendí abiertamente la idea de que la calidad y la cantidad de nuestra contribución a la profesión debían superar, de manera cuantificable, el rendimiento esperado de los demás. Recuerdo haber utilizado la expresión “ser el doble de buenos.”
En una ocasión, un colega con experiencia tomó la palabra y afirmó que, al igual que todos los demás, los latinos también nos habíamos ganado el derecho a ser mediocres. Fue una afirmación muy desconcertante, ya que éramos pocos y quedaba mucho por hacer para demostrar nuestra excelencia ante los estudiantes y el público.
Muchos miembros de nuestra comunidad consideran que ser bilingüe y bicultural constituye una ventaja, pues existen recompensas por tener un pie en cada uno de los dos mundos que representan estos idiomas. Señalan, por ejemplo, los anuncios de empleo que buscan hispanohablantes para áreas como ventas, educación y otros servicios como prueba de esa posición privilegiada y de la preferencia que se nos otorga. En realidad, la idea de tener un pie en cada uno de los dos mundos es un término equivocado, ya que vivimos nuestras vidas “entre” esos dos mundos en lugar de dentro de ellos. Abraham, en la película Selena, explica que ser mexicoestadounidense significa tener que esforzarse el doble para satisfacer a dos mundos distintos.
En esa misma escena, Abraham señala que uno debe demostrar su herencia mexicana ante los mexicanos (quienes podrían examinar con lupa tu español hablado o llamarte “pocho” o “mexicano diluido”) y, al mismo tiempo, demostrar tu identidad estadounidense ante los anglosajones. Esa situación dista mucho de ser una señal de pertenencia; más bien, se asemeja a la de un visitante con privilegios condicionales de entrada y salida en ambos mundos.
El Movimiento Chicano inició la búsqueda de un sentido de pertenencia. Sin embargo, gran parte de su energía se consumió en la lucha por lograr el reconocimiento como una presencia importante en la historia, la justicia, la igualdad y las instituciones de Estados Unidos; por ello, quedó menos tiempo para esa búsqueda que es personal e interna, y que nos remonta a un tiempo anterior a nuestra propia creación.
Esa búsqueda constituye la tarea primordial para quienes tienen la valentía de emprender el viaje. Es una misión peligrosa, plagada de todo tipo de riesgos y obstáculos.
Alcanzar el éxito es fundamental, pues sienta las bases firmes para una nueva América.
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