La recolección de piñones define la cultura y la ética laboral de los habitantes del norte de Nuevo México. Este fruto seco, disponible y accesible para ellos cada cuatro años, se vende hoy en día a unos 40 dólares la libra. Utilizado en platos gourmet de todo el mundo, ha formado parte de la vida de varias generaciones; en mi juventud, también estaba al alcance de los hogares más humildes, ya fuera para cocinar, vender o intercambiar.
Cuando yo estaba en preescolar y durante los años siguientes, mi madre reunía a sus hijos de entre 5 y 16 años para emprender una aventura de recolección de piñones en las montañas Sangre de Cristo, situadas detrás de nuestra casa en Costilla.
Aquella mezcla de trabajo duro y diversión era una oportunidad para disfrutar de lo que entonces equivalía a la actual “comida basura.” Mamá preparaba sándwiches de carne enlatada, patatas fritas de bolsa, latas de Pepsi y RC Cola, pastelitos de chocolate Hostess y la tradicional pila de tortillas. Subíamos a la montaña como una cuadrilla de trabajadores con el objetivo de conseguir varias libras de piñones antes de que terminara el otoño.
No nos preocupaban los osos hambrientos, los accidentes ni los cazadores que pudieran confundirnos con sus presas. Solo sabíamos que los piñones significaban tener piñones tostados para consumir durante meses, y a veces añadirlos a dulces caseros de chocolate o a garrapiñadas de cacahuete.
La cuadrilla de mamá lograba recolectar cientos de libras que se guardaban en sacos de arpillera, dentro de una bodega fresca y protegida de cualquier cosa que pudiera dañar este fruto dorado, tan apreciado por tantos.
Aunque mis aportaciones eran mínimas, creo que servía de entretenimiento para mis hermanos. Había que vigilar de cerca mi recolección de piñones, y la competitividad entre hermanos solía desembocar en resultados excesivamente ambiciosos al final de la jornada.
Al recordar aquellas aventuras, reconozco que nos transmitieron el espíritu emprendedor de nuestra madre. Sabíamos que contar con cientos de sacos de piñones significaba que, en los meses venideros, mamá podría intercambiarlos por fruta de Grand Junction, melones de Rocky Ford, chile verde de Pueblo para asar y otras verduras que nosotros no cultivábamos. Era una aventura familiar que conducía al intercambio de alimentos, tanto para el disfrute como para el sostenimiento.
De vez en cuando, algún comerciante llegaba a nuestra casa ofreciendo arte y objetos religiosos con la esperanza de realizar un intercambio. Dado que la religión católica ocupaba un lugar importante en nuestras vidas, era habitual intercambiar productos por rosarios y libros religiosos.
Supongo que mi madre no era la única en el pueblo con ese espíritu emprendedor, ya que el trabajo duro y la integridad eran fundamentales para la supervivencia en esta comunidad. Esa ética de trabajo y la unión familiar definían a muchas de las personas de aquellas pequeñas comunidades del norte de Nuevo México.
Aquel pequeño piñón dorado nos otorgaba un gran poder de intercambio. Nos aseguraba el placer de disfrutar de piñones tostados durante los meses venideros.
Hoy en día, el piñón se considera un producto gourmet de alto precio; sin embargo, hace varias generaciones servía como medio de sostén, una forma de disfrutar de la compañía de los demás y una vía para acceder, ocasionalmente, a la comida poco saludable.
Aún quedan generaciones que recuerdan este tipo de crianza, que aguardan la próxima temporada de recolección de piñones evocando tiempos pasados y que planean futuras jornadas de recolección en compañía de familiares y amigos.






