
Estamos en la época de Halloween, y pronto veremos aparecer en nuestras puertas a niños con máscaras y maquillaje, pidiendo dulces. Aunque esta festividad tiene una historia larga y variada, siempre ha implicado ocultar el rostro en público, con la connotación de que quien se esconde tras la máscara amenaza con causar algún daño si no se le entrega algo a cambio.
Si lo analizamos bien, se trata, en esencia, de un robo en potencia. Es, además, un ritual aceptado en el que los “muertos” arrebatan, por la fuerza, un instante de vida a los “vivos.”
Por lo general, la corrupción también se oculta tras un velo de secretismo; una máscara que intenta encubrir actos ilícitos. Con el tiempo, puede salir a la luz, convirtiéndose en un acuerdo tácito o incluso en una costumbre.
A partir de ahí, la corrupción puede adoptar diversas formas y manifestarse de distintas maneras. En el ámbito nacional, la corrupción política y financiera suele ir de la mano de dictaduras y democracias débiles.
Creo que mi primer contacto con lo que entendí como corrupción ocurrió cuando atravesaba el país siendo un niño migrante. Recuerdo que, tras salir de Texas, viajábamos en un camión por el estado de Arkansas, muy temprano una mañana, cuando la policía nos detuvo, junto con otros vehículos.
Recuerdo que, una vez que los agentes se marcharon, los hombres se reunieron y comentaron que los policías le habían exigido dinero al conductor, por lo que todos tuvieron que contribuir para cubrir el pago. Uno de ellos bromeó diciendo que, tal vez, los oficiales necesitaban el dinero para desayunar.
Esto ocurrió una y otra vez en zonas rurales de varios estados, a lo largo del trayecto hasta Ohio, que era nuestro destino aquel año. Más tarde, al crecer, realizamos varios viajes de ida y vuelta a México, donde vivimos situaciones similares con la policía mexicana.
Mi primer acercamiento a casos de corrupción a gran escala se produjo a través de la lectura de la historia de Estados Unidos. Leí mucho sobre la corrupción durante la administración de Grant, aunque sin entrar en detalles sobre casos específicos.
También leí sobre el escándalo de “Teapot Dome” en 1920, en el que el secretario del Interior, Albert B. Fall, recibió un soborno de $400,000 dólares a cambio de conceder derechos de explotación petrolera en Wyoming y California, sin mediar un proceso de licitación competitiva. Pero la corrupción de la que uno lee en los libros es distinta a la que ocurre ante sus propios ojos.
Hacia finales del siglo XX, los presidentes mexicanos se hicieron famosos por los millones que algunos se llevaron al dejar el cargo. Ese tipo de corrupción contribuyó, en parte, a la caída del partido que había gobernado desde el fin de la Revolución Mexicana.
Aunque la corrupción a gran escala en México se mantenía bajo un manto de secretismo, era un secreto a voces que ciertos presidentes se marchaban con grandes sumas de dinero. Sin embargo, incluso la prensa mexicana, conocida por sacar a la luz escándalos, guardó silencio sobre gran parte de esto.
No ocurre lo mismo en Estados Unidos. Una de las razones principales por las que el presidente Trump considera a la prensa su enemiga es que esta no ha dudado en exponer graves actos de corrupción, tanto por su parte como por la de su familia, sus amigos y su administración.
Nunca imaginé que Estados Unidos llegaría a verse envuelto en un nivel de corrupción semejante por parte de sus líderes políticos. No solo es una corrupción de gran magnitud, sino que, además, está a la vista de todos.
El presidente Trump cree que la Corte Suprema no permitirá que sea procesado, sin importar lo que haga. Por eso, su corrupción queda expuesta ante todos.
Halloween tiene que ver con máscaras que ocultan unos rostros de otros. Esta administración se está quitando las máscaras y le está mostrando a Estados Unidos que Halloween es algo muy distinto.
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