
Recordamos, leímos o escuchamos hablar sobre el presidente Jimmy Carter y la crisis de los rehenes en Irán. Pues bien, la situación con Irán se repite; esta vez, con el presidente Trump.
La crisis de los rehenes en Irán comenzó el 4 de noviembre de 1979, cuando se tomaron 66 rehenes en la embajada estadounidense en Teherán; 52 de ellos permanecieron cautivos hasta el día en que el presidente Reagan asumió el cargo, el 20 de enero de 1981. Al igual que ahora, los iraníes conocían muy bien la política estadounidense y se aseguraron de que la crisis no se resolviera hasta el día en que el presidente Carter, su objetivo de venganza, dejara el cargo.
Irán fue un país de gran interés, especialmente para los británicos y los soviéticos, durante la Segunda Guerra Mundial, debido a sus reservas de petróleo y a su función como corredor de suministros para el Frente Oriental. Tras invadir el país, ambas potencias instalaron al shah Mohammad Reza Pahlavi para garantizar su cooperación.
El shah se mantuvo en el poder hasta que su reinado llegó a su fin en 1979, momento en el que huyó y se abolió la monarquía en favor de la recién establecida República Islámica de Irán. El nuevo líder designado fue el ayatolá Ruhollah Khomeini.
El resentimiento contra Estados Unidos, que había sido un firme aliado del shah y que, junto con los británicos, había orquestado un golpe de Estado en 1953 con el fin de preservar sus intereses petroleros y fortalecer la monarquía, se intensificó cuando el presidente Carter permitió que el shah depuesto viajara a Estados Unidos para recibir tratamiento contra el cáncer. Como represalia, militantes islámicos atacaron y tomaron el control de la embajada de Estados Unidos, capturando a todas las personas que se encontraban en su interior.
Entre los rehenes se encontraba un destacamento de soldados asignado a la seguridad de la embajada. El soldadoque apareció con mayor frecuencia en la televisión estadounidense fue William Anthony Gallegos, nacido en Denver y más conocido por nosotros como Billy Gallegos.
El presidente Donald Trump ha infligido daños aún mayores a los iraníes. Los ataques no provocados por parte de Estados Unidos e Israel han destruido gran parte de la infraestructura militar y civil del país, todo ello en nombre de ejercer la violencia contra una nación que resulta hostil para el Occidente y sus aliados en Oriente Medio.
Para Israel, la campaña de bombardeos tiene como objetivo eliminar a un enemigo acérrimo o, al menos, anular su capacidad, así como la de sus grupos interpuestos, para sembrar el terror en el país. Para Estados Unidos, los resultados más importantes incluyen la destrucción de la capacidad nuclear de Irán y el mantenimiento de la libre navegación en el estrecho de Ormuz, por donde transita el 20 por ciento del petróleo mundial. Ahora viene la parte difícil. Dado lo sucedido en 1979, resulta evidente que Irán, el principal patrocinador del terrorismo a nivel mundial, no se quedará de brazos cruzados y mantendrá una actitud de revancha en el futuro previsible. Irán posee material nuclear apto para la fabricación de bombas, el cual permanece inaccesible salvo mediante una guerra terrestre; asimismo, conserva la capacidad de cerrar el estrecho de Ormuz a su entera voluntad.
Al decidir ir a la guerra sin consultar a sus aliados, Trump perdió la autoridad moral para solicitarles ayuda a fin de restablecer la normalidad en la región del golfo Pérsico y en su tráfico petrolero. Los aliados de Estados Unidos perciben este conflicto como la guerra de Trump y el desastre de Trump.
Irán ocupa una posición estratégica y ejerce una gran influencia en la determinación de la salud de las economías mundiales. Además, mantiene alianzas con Rusia y China, conformando así el bloque adversario de los Estados Unidos.
Mi impresión es que Irán no dará por zanjados los agravios del pasado. Buscará por todos los medios y aprovechará cada oportunidad para asegurar y mantener una ventaja revanchista sobre Trump y su administración.
El enfrentamiento del presidente Carter con Irán derivó en 444 días de angustia y crisis, los cuales mermaron considerablemente sus posibilidades de ser reelegido para la presidencia. La aventura del presidente Trump en la región conducirá, sin duda alguna, a resultados similares; al menos, en lo que respecta a las elecciones de mitad de mandato.
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